sábado, 24 de septiembre de 2011


BAJO EL VOLCÁN




Hoy me levanté con ganas de trabajar muchísimo, dejar de fumar, con ganas de hacer ejercicio y de no volver a fumar… así que mejor me acosté un rato, hasta que se me pasaron esos pensamientos irracionales.

Samuel es uno de esos hombres a los que les llamamos “correosos”, con lo que queremos dar a entender que es muy fuerte y delgado. Nació en un pueblo de Guerrero, México, llamado Ayutla, hace 73 años. Tiene Sami, como le decimos en nuestro Hogar, cabello entrecano, cejas muy pobladas y ojos llenos de chispa color café claro. También tiene una larga historia llena de aventuras, de esas que pocos conocemos porque su origen y vida ha sido humilde.
Sami fue gente de campo desde sus más tempranas infantilidades y en su juventud, desde temprana hasta mayor, trabajó en diferentes tugurios, casas de citas, congales y demás lugares de “mala nota” hasta su vejez, como acompañante de un hombre rico hasta su entrada a esta “Casa de Reposo”, para no llamarla con algún nombre de los que usa Carlos el Flaco, como “Asilo de Ancianos” por ejemplo, y otros más “piores”. Lo primero que impresiona de Sami, son sus grandes pies. Siempre usa huaraches. En alguna ocasión le pregunté si no tenía problemas para conseguir zapatos y me contestó que no de largo pero que sí de ancho, y me confesó que tiene un par de zapatos desde hace unos treinta años, que usa en ocasiones muy especiales, porque nunca se acostumbró a ellos. Me recordó a un espléndido actor mexicano llamado Enrique Lucero (†) por su parecido físico, incluyendo los grandes pies, del que les hablaré en otra ocasión.
Me contó Samuel que en sus ayeres, conoció de manera temprana a un señor Yarsa, que lo llevó a trabajar con él, a un bar de pueblo, retirándolo para siempre de las largas y pesadas labores del campo, sin hablar de las pobres ganancias que obtenía. Rápidamente se integró al mundillo de las mujeres de la “vida galante” y se hizo indispensable para su patrón así como para las “damiselas de la noche”. Entre otras cosas que me contó Sami y que les iré contando a través de éstas entregas, es que cuando algún cliente deseaba a una de las mujeres del lugar, lo llamaban a él, porque lo veían deambulando por el local como un propio y le pedían que llamara a la dama en cuestión. Sami, prometía hacer lo posible si el cliente le otorgaba por adelantado una propina. El cliente le daba dinero y Sami iba hacia la mujer ante la mirada del cliente y de acuerdo a la cantidad de la propina obtenida, él ya sabía si le recomendaba a la mujer acompañar al cliente o si era de poco dinero. Como el cliente veía que Sami hablaba con la mujer, daba por hecho que había intentado convencerla. De tal manera, se llevara cabo la cita o no, Sami siempre ganaba.
Esta imagen que obtuve de la plática de Sami en un burdel de pueblo del pasado me hizo recordar la película “Bajo el Volcán”.

En 1984 tuve la oportunidad muy envidiada de trabajar para la producción norteamericana cinematográfica “Bajo el Volcán”. Yo fui ayudante de asistente de producción. Los asistentes eran norteamericanos, pero en una producción americana hecha en México, aunque los asistentes hablan español, tienen sus propios asistentes “Made in México”, para un mejor entendimiento tanto con actores y extras, como con técnicos de origen mexicano.

“Bajo el Volcán” fue una película de 1984, dirigida por el Sr. John Huston, basada en la novela del mismo título de Malcolm Lowry. Los protagonistas fueron: Albert Finney, Jacqueline Bisset, Anthony Andrews Katy Jurado e Ignacio López Tarso. Obtuvo dos nominaciones a los Premios Óscar, al mejor actor principal (Albert Finney) y a la mejor música.
Es una narración sobre un día en la vida de Geoffrey Firmin (Albert Finney), en Quauhnahuac, México, en 1938 durante la fiesta mexicana del “Día de Muertos” y mientras crece en Europa la inestabilidad que dará lugar a la Segunda Guerra Mundial. Firmin es un ex cónsul británico entregado a la bebida, que reside en una pequeña e histórica ciudad de México, Cuernavaca, al pie de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. El comportamiento autodestructivo de Firmin contrasta con el ingenuo idealismo de su hermanastro Hugh (Anthony Andrews). Yvonne (Jacqueline Bisset), la mujer con la que Firmin compartió aquel paraíso, ha regresado con la esperanza de poder ayudar a Firmin y de recomponer su relación. Sin embargo, la tristeza y el alcoholismo del cónsul van poco a poco revelando traiciones y desencuentros pasados entre estos tres personajes centrales, que determinan su incapacidad para restablecer su pasado.



John Huston

La película se filmó en las ciudades de Acapantzingo, Cuautla, Cuernavaca y Yautepec, en el estado de Morelos, México. Fue fotografiada por el famoso e internacional Sr. Gabriel Figueroa y la música fue del no menos famoso Sr. Alex North. En México la película pasó casi desapercibida.




Gabriel Figueroa Mateos nació en la Ciudad de México el 24 de abril de 1907 y murió el 27 de abril de 1997. Fue un cinefotógrafo y director de fotografía mexicano. Figura importante de la Época de Oro del Cine Mexicano.
Además de trabajar con directores mexicanos, Figueroa trabajó también para Hollywood, colaborando con directores de la talla de John Ford y John Huston.
En 1950 realizó la fotografía de “Los olvidados”, de Luis Buñuel. Algunos de sus trabajos más recientes fueron “El corazón de la noche”, “Héroe desconocido” y “México 2000”.
Fue co-fundador junto con Mario Moreno "Cantinflas" y Jorge Negrete del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana. Fue ganador del Premio Nacional de Bellas Artes en 1971.





Su lente nos descubrió un México de claroscuros, en el que el maguey y la nube reinaban sobre el interminable paisaje de volcanes. A través de su mirada nos asomamos a un país vibrante y lleno de vida. Como él mismo lo expresó al recibir en 1971 el Premio Nacional de las Artes: “Estoy seguro de que si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida.”
Gabriel Figueroa nació en el seno de una familia acomodada venida a menos. Su madre falleció al darlo a luz y su padre, incapaz de sobreponerse a esta pérdida, terminó por abandonarlo junto con su hermano Roberto al cuidado de unas tías. Estudió pintura en la Academia de San Carlos y a los 16 años descubrió la fotografía gracias al retratista José Guadalupe Velasco. Años después se haría amigo de los fotógrafos Gilberto y Raúl Martínez Solares quienes como él dejaron la fotografía fija por el cine.
Su ingreso al cine se produjo en 1932, como fotógrafo de tomas fijas de “Revolución” de Miguel Contreras Torres. Un año más tarde sería uno de los veinte camarógrafos contratados para la filmación de “¡Viva Villa!” de Howard Hawks. Tras algunos trabajos como iluminador, Figueroa recibió una beca para estudiar en los Estados Unidos. Allí entró en contacto con Gregg Toland, uno de los mejores fotógrafos de cine de todos los tiempos, quien le enseñó su particular estilo de iluminación.
Su primera película como fotógrafo “Allá en el Rancho Grande” en 1936 de Fernando de Fuentes, fue también la primera por la que obtuvo un premio internacional en el Festival de Venecia. En total, Figueroa fotografía más de doscientas películas y recibió decenas de premios. Además de las cintas que filmó junto a Emilio “El Indio” Fernández, dos de sus trabajos más memorables fueron “Los olvidados” en 1950 de Luis Buñuel y “La noche de la iguana” en 1964 de John Huston. Por ésta última, fue nominado por mejor fotografía al premio “Oscar”.

Antes de proseguir quiero hacer una pausa para regalarles un escrito más de aquellos que les platiqué que encontré sin nombre de autor. Consta aquí que he dicho que no son escritos míos. Algún día saldrá el verdadero autor.
 Intermedio Amoroso
Carta sin destino

Siempre tengo un pretexto para recordarte.
En el baúl de madera, el que uso como mesa de centro, tengo muchas cosas del pasado, que me recuerdan otras. Ahí te tengo, en un pequeño cenicero azul, en una pluma, en una cartera y en otras muchas cosas.
A veces, te veo en alguna canción, de las que escuchamos juntos por primera vez. A veces en un libro, o en aquella camisa de algodón que tanto te gustaba y que casi no uso. Y no la uso, porque no quiero recordarte… Pero, la verdad, es que no la uso, porque quiero que siempre exista. Porque las cosas, si no se usan, no se acaban.
Fíjate; nosotros no terminamos de usarnos, y se acabó.
A veces, también te encuentro en las sábanas, las que me regalaste, ¿recuerdas?
Hace algunos días, traté de recordar tu número de teléfono, y no me fue posible. No para llamarte, no. Simplemente como un ejercicio mental. A veces, olvido cosas. Y es que tu número no lo tengo anotado en ninguna parte. Cuando terminamos, me deshice de él para no recordarte, para no tener la tentación. Tampoco tengo una fotografía tuya. Pero, ya ves, tengo muchos pretextos para recordarte. Me gustan las mujeres que se parecen a ti. ¿Será otro pretexto?
¿No es finalmente, ésta carta que tú nunca verás, otro pretexto?

Cuando el rodaje de ésta película, el Sr. Huston ya usaba oxígeno, aunque no de manera permanente. Tenía una silla de director alta y la cámara del Sr. Figueroa, tenía adosada una cámara de video. De ésta manera el Sr. Huston podía tener una imagen instantánea que le daba idea de la “toma” realizada. Por cierto, nuestros técnicos mexicanos, haciendo honor a la picardía distintiva, bautizaron al Sr. Huston como “El Chivo” por su barba.

En cierta ocasión en el set del bar del pueblo, que a la vez era un prostíbulo, perfectamente recreado para la época, año de 1938, el Sr. Huston, como siempre, se sentó en su silla de director de lona y encino de doble de alto y se puso a platicar con todo aquel que lo buscara. Mientras tanto, el fotógrafo Sr. Gabriel Figueroa, se dispuso a iluminar y emplazar la cámara en un pasillo lleno de puertas laterales donde se supone que las “damas de la noche” atendían a sus clientes y donde se llevaría a cabo una escena entre Jacqueline Bisset y Albert Finney. Después de aproximadamente cuatro horas, el Sr. Figueroa avisó al Sr. Huston que estaba listo el set. El Sr. Huston, sin ninguna prisa se dirigió al sitio, observó con la cámara el emplazamiento, asintió y de inmediato le dijo al Sr. Figueroa que moviera la cámara aproximadamente un metro y medio a un lado y dos metros hacia atrás. El Sr. Figueroa escuchó pasmado la indicación, y el Sr. Huston regresó con tranquilidad a su asiento y continuó con su charla.
Al mover una cámara aún unos pocos centímetros, supone corregir toda la iluminación nuevamente, así que pasaron otras tres horas antes de retomar la filmación. Eso es lo que pasa cuando como decimos en México, alguien se quiere “saltar las trancas”. Como al que le quema la leche, hasta al jocoque le sopla, el Sr. Gabriel Figueroa, jamás volvió a emplazar una escena, sin consultar antes con el Sr. Director.

Una de las cosas que más disfruté fue ver “personalmente y en persona”, como diría Cantinflas, a la bellísima Jacqueline Bisset. Miren, nada más y díganme si no tengo razón.






Por ahí andaba Emilio “El Indio” Fernández. Dos cosas me llamaron la atención. Primero, que siempre estaba en los llamados, pero nunca entraba a cámara y pero peor aún que en el corte a comer, al menos en exteriores, él juntaba tres piedras y hacía una fogata a manera de fogón con algunas ramas. Sacaba de su morral alimentos y tortillas además de su inseparable botella de tequila y sentado en una piedra comía solo.
Cabe aclarar que en las producciones siempre hay servicio de comedores que van en camiones con todo lo necesario para sentar y alimentar a todo el personal, protegidos por carpas.
Después me enteré que el Sr. Fernández era muy amigo de el Sr. Huston y éste ordenó su contratación para ayudarlo económicamente.
Fue mejor que se mantuviera al margen el Sr. Fernández, pues poca gente, si no es que nadie le tenía respeto, en cuanto a los mexicanos que estábamos en la producción.



Emilio Fernández Romo nació en Mineral del Hondo, Coahuila, México, el 26 de marzo de 1903 y murió el 6 de agosto de 1986 en la Ciudad de México.
Hijo de padre mexicano e india kikapú, estudió la carrera militar y se unió a la Revolución. Salió del país a causa de su complicidad en un frustrado levantamiento contra Álvaro Obregón. Vivió en Estados Unidos, donde ejerció diversos oficios, entre ellos el de “doble de cine”.
Regresó a México en 1933 para incursionar en la industria fílmica local como actor. En 1941 dirigió su primera película: “La Isla de la Pasión”. Se le considera uno de los más grandes cineastas mexicanos y el principal representante del llamado "nacionalismo cinematográfico". Junto con el fotógrafo Gabriel Figueroa, el escritor y argumentista Mauricio Magdaleno, y los actores Pedro Armendáriz, Dolores del Río y María Félix, formó uno de los más importantes y exitosos equipos creativos del cine nacional.
Entre las películas que la crítica ha considerado como las más importantes de su producción se hallan “María Candelaria” y “Flor Silvestre” ambas de 1943. “Flor Silvestre”, su tercera realización, es una de sus creaciones más destacadas; en su argumento, se entremezcla la clásica película mexicana de acción con elementos claramente pertenecientes al drama de costumbres y, en su planteamiento estético, sobresale el profundo estatismo que “El Indio” tomó de las mejores obras de su admirado Einsenstein.

Yo, junto con muchos otros trabajadores y actores de la industria no le teníamos ningún respeto al Sr. Fernández, porque él no era respetuoso. Lo conocía de vista en los estudios Churubusco (Q. E. P. D.). El comedor restaurante de los estudios estaba compuesto de dos secciones una el comedor y otra restaurante–bar. Él siempre ocupaba una misma mesa, en éste último en un rincón, y a su lado colocaba su botella de tequila en una bolsa de papel, como si eso hiciera pasar desapercibida su bebida. De esta manera se ahorraba el costo de pedir de beber. Tenía una vocecita muy tenue. Siempre estaba armado sin disimulo. Misógino y prepotente, mucha gente se negaba a trabajar con él ya por esas fechas, a principios de los 70s.

En 1976, se entrenó su película Zona Roja escrita por él y José Revueltas. El reparto estelar estaba constituido por Fanny Cano, Armando Silvestre, Víctor Junco, Mercedes Carreño, Emilio Fernández y María Sorté.
Yo estuve en su estreno en el cine Roble, que ya no existe, en una muestra de cine nacional La película se llevó una rechifla durante la mayor parte de su proyección por cursi, mal actuada y peor dirigida. Me parece que una gran parte del éxito del “Indio” en su buena época, fue su equipo de trabajo que, al perderlo, también perdió su buena fortuna. Cuando salimos del cine, casualmente pasé junto a él y lo escuché quejarse a sus acompañantes con su pequeña y ahora triste voz: “No entendieron mi película”.

A fines de los 70s, el “Indio” Fernández mató a una persona, porque supuestamente lo interrumpió cuando hablaba con otra persona, en Torreón Coahuila, México, por lo que fue a dar a prisión. Gracias a su posición como figura del cine y que Rodolfo Landa, entonces Secretario General de la ANDA, intervino a fu favor, salió libre poco después.
Regresó al cine e intentó escribir nuevos guiones, pero ya estaba lleno de descrédito, lo que propició su declive. Murió de un infarto al corazón en su casa de Coyoacán, Ciudad de México, dejando un legado cultural invaluable, aunque con propiedades, pero sin dinero y muy pocos amigos, pues “La falta de pluma hace corriente al gallo”
Para concluir el tema por mi parte, les diré que el “Indio” Fernández, era un patán. Creo que si busco en un diccionario ilustrado la palabra “patán”, aparece su foto.

FINAL JOCOSO
En un pueblo de la república mexicana, existía un hombre, Don Filemón, conocido por su riqueza, así como por su desprecio por la iglesia, todos los santos y los “jotos con falda”, como llamaba a los clérigos. En una ocasión, “Las Damas Católicas de la Caridad Perpetua”, decidieron hacer una colecta de 10 pesos por familia, para comprar una capa al cura, porque la que tenía, parecía de la época del santo sudario, pero sin los cuidados que se le otorgan al sagrado manto.
Mucho deliberaron las damas en cuestión y hasta preguntaron a otros habitantes del pueblo sobre la posibilidad de pedir a Don Filemón, una cooperación para tan loable fin para su representante celestial en la tierra. Finalmente, después de un consenso más discutido que el de un partido político para tomar decisiones sobre su candidato, llegaron a la indiscutible verdad de que el “no” era un hecho, pero si Dios iluminaba por un momento al ateo, se daría el milagro y Don Filemón podría aportar una razonable cantidad y, de esta manera, podrían comprar una capa de mejor calidad para el amado cura.
Se apersonaron pues ante el rico terrateniente y una de las beatas, tomando valor de la piedad, dijo así al temido hombre:
-Don Filemón, estamos haciendo una colecta. Es necesario que sepa que ya todo el pueblo ha cooperado y solo falta usted. ¿Sería tan amable de cooperar con solamente 10 pesitos para la capa del cura?
Don Filemón se levantó de inmediato, abrió su cartera y les dijo:
Les doy 100 pesos… Pero yo lo capo.

En la época que trabajé para Bajo el Volcán, yo estaba decidido a probar suerte como fotógrafo de foto fija, así que no me separaba de mi cámara. Por desgracia, no tengo Escáner ni manera de comprarlo, de otra manera les mandaría algunas imágenes inéditas que pude captar.

Gracias Google, Wikipedia y Biografías del Ayer de Luis Roberto.


Respetuosamente,


El abuelo Febo




xocdzib@yahoo.com


No hay comentarios:

Publicar un comentario